Esta mañana dije adiós y salí de casa con rapidez, uno de mis propósitos del nuevo año es llegar puntualmente tarde a trabajar y no quería empezar mal el primer día. Cuando iba por las escaleras, me di cuenta de que había olvidado el móvil, vuelvo a subir, cojo el móvil y salgo corriendo de nuevo.

Supongo que a cada uno a nuestro nivel se nos olvidan nuestras cosas por ahí, así que si eres obrero de la construcción y tienes una máquina taladradora en propiedad, pues no te extrañará que un día al ir a hacer un trabajillo, no encuentres uno de las puntas del aparato.
Le preguntarás a tus compañeros desde el sillín a grito pelado:
-¿habéis visto la taladradora fina?
Y ellos dirán que no lo hemos visto, que te lo habrás dejado en algún sitio.
Seguro que replicarás
– ¿No os acordáis de la última vez que la perdí y luego resultó que la tenía Juan en el bolsillo? Anda, mirar bien.
Pero la taladradora pequeña no aparecerá porque te la dejaste olvidada en las obras de al lado del río y ahí se quedó con esa nostalgia que sienten los objetos cuando se saben fuera de lugar.

Supongo que por eso he vuelto a por el móvil, porque si lo dejo olvidado, cuando lo recupero se pone muy pesado y no para de pitar porque tiene el buzón repleto.