Lo llevo bien, he asumido que me acompañará un tiempo esta sensación de hambre a prácticamente todas horas, independientemente de lo que haya engullido la comida anterior.
No sé si fue bajo los efectos de la locura de mi cuerpo, que al abrir esta lata de pimientos rojos para cenar, algo me chocó. De repente de una lata cualquiera, que llevaba meses dando vueltas por la despensa, aparece esta belleza. Parecía unos labios que hubieran estado esperando durante siglos para salir de su encierro y besar hasta deshacerse.
Esta noche de la manera más inocente del mundo, desperté a los labios del pimiento durmiente, no me he atrevido a comerlos, por ahora me miran seductores desde la lata, como si fueran a escaparse, desafían la distancia que nos separa.