Era una caja blanca, alargada, decorada con algunas flores. Cuando la abrías crujía con un sonido de autómata. Ese sonido venía de la bailarina que tenía dentro preparada para actuar. Levantabas la tapa hacia arriba y ella se estiraba, suavemente como si calentara antes de salir al escenario, cuando abrías la caja del todo, la bailarina daba vueltas al ritmo de la música. Una música también de autómata. Cada nota avanza como si le costara, las notas salían tejidas en un telar metálico, y la música avanzaba como tirada por un carro.
Se supone que la caja era un joyero, para mí la caja era la joya. A veces vi otros joyeros, tenían bailarina como la mía pero en vez de girar sobre su eje crujiente, lo hacían sobre una superficie lisa que parecía un espejo. Se movía con un mecanismo suave y silencioso, como si no tuvieran corazón.
Entro en mi habitación, cojo la caja de música, le doy la vuelta y encuentro la cuerda de metal, la giro suena como una carraca. Dejo la caja en la estantería de la entrada y la abro. Cruje, la bailarina me saluda, con una reverencia y empieza a bailar, vueltas y vueltas lentas, al ritmo de una partitura metálica, como si el tiempo jamás fuera a detenerse.
Aquí queda mi último relato del año 2016 sobre joyeros vacíos, llenos de música y el ritmo y partituras invisibles. Espero que os guste, si pasáis por aquí, dejaros ver, comentar algo y nos saludamos.
La foto está tomada en la Plaza de Oriente de Madrid y en el extremo de la izquierda, al borde del palacio hay una figura que bien podría ser mi bailarina.