Era un experto en conseguir altas torres, todo un especialista en lograr con las cartas un equilibrio estable.
Siempre fue una persona aparentemente controlada y recta, hizo lo que se esperaba de él, no se rebeló, ni luchó, ni preguntó dónde estaba su padre y por qué no podía ir al parque como los demás niños. Él supo esperar con paciencia a que llegara su momento de vivir.
Y este llegó como respuesta a un concurso en el que la madre participó, consiguieron dos invitaciones para esquiar en las montañas del norte. Ella ya mayor, le dijo que buscara a alguien que le acompañara, él sin pensarlo dos veces, se fue solo.
El primer día subió hasta la parte más alta, recordó sus torres de naipes, sus altas montañas y dejó caer la tabla sobre la zona de fuera de pista, vio las indicaciones amarillas y negras de avalancha pero no las entendía, se dejó caer en la tabla, misteriosamente mantuvo el equilibrio mientras la montaña se iba rompiendo, poco a poco, como si fuera un castillo de naipes y le hubiera dado una corriente de aire.