Ella se empeñaba en quedar en aquel parque, le gustaba, decía, sentarse cerca del arroyo y aprovechar el sol de la tarde para leer mientras le esperaba.
Él no conseguía llegar puntual hasta esa punta de la ciudad.
Ella se quejaba de que él siempre llegaba con retraso.
Él era incapaz de confesarle que en realidad llegar no le costaba tanto, cada día salía de trabajar y tomaba el recorrido más rápido. Pero al atravesar el camino que iba por el alto del parque y verla ahí sentada, cerca del arroyo leyendo al sol, no podía evitar pararse a mirarla, hasta que se daba cuenta de que llegaba tarde, apretaba el paso e iba a su encuentro.
Cada día, ella fingía un enfado y él inventaba una excusa.Cada día, ella sabía que él le miraba, cada día él sabía que ella sabía. En realidad los dos sabían su secreto.
Él no conseguía llegar puntual hasta esa punta de la ciudad.
Ella se quejaba de que él siempre llegaba con retraso.
Él era incapaz de confesarle que en realidad llegar no le costaba tanto, cada día salía de trabajar y tomaba el recorrido más rápido. Pero al atravesar el camino que iba por el alto del parque y verla ahí sentada, cerca del arroyo leyendo al sol, no podía evitar pararse a mirarla, hasta que se daba cuenta de que llegaba tarde, apretaba el paso e iba a su encuentro.
Cada día, ella fingía un enfado y él inventaba una excusa.Cada día, ella sabía que él le miraba, cada día él sabía que ella sabía. En realidad los dos sabían su secreto.