Esta semana Amparo Quintana y yo hemos impartido en un colegio con chicas y chicos de 15 años un taller llamado «Sal de la máquina«. Aprovechamos para reflexionar con ellos sobre la influencia de las redes sociales en nuestras relaciones a partir de un capítulo de la serie Black Mirror titulado «Caída en picado«.

Este muestra una sociedad jerarquizada a partir de una aplicación. La gente cuando sale a la calle mira a los otros a través de su teléfono móvil para averiguar qué puntuación en la red social tienen y según el estatus que les aparece, así se relacionan con ellos. Cada vez que se produce una interacción, las personas se puntúan entre sí.

La puntuación condiciona que accedas a un trabajo, una vivienda mejor, un estilo de vida.
Esto genera una sociedad cínica y mentirosa en la que los conflictos se neutralizan y cualquier persona que se sale de la estructura es considerada como «agresiva» y por lo tanto termina siendo degradada. «Caída en picado» cuenta la historia de una mujer que busca prosperar, lo malo es que igual que puedes subir, también puedes caer en picado.

Una de las ideas que comentaron los adolescentes es ¿quién habría inventado una aplicación así y para qué? Este tipo de historias distópicas siempre te llevan a un extremo en el cual cuando miras la sociedad te preguntas ¿estaremos cerca de convertirnos en eso? Estas semanas he visto algunos indicadores que me preocupan.

Hablando de jerarquías: hace pocos días veía un anuncio de una compañía telefónica donde se compara a la gente que tiene un buen acceso a Internet, con quien no lo tiene. Y les da a los sortudos, con acceso más datos, unas normas para la mejor convivencia con los «otros«. Una de ellas es desconfiar de quien no tiene datos porque ellos ambicionarán los tuyos.
Pero la que más me preocupó es aquella que decía: «amansarás a las fieras» y encontrarme con una escena de un adulto que para hacer frente a un grupo de niños que están jugando juntos, les pone delante un teléfono móvil.

¿Sabías que las élites de de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios donde las pantallas están prohibidas hasta los 12 años? Sí, esos que preparan y diseñan la tecnología que nosotros usamos, esa en la que queremos que nuestros hijos estén entrenados y sepan manejarse para «ser alguien en el mundo«.

¿Cuántos niños viven enchufados a pantallas? Y no son sólo los pequeños, somos también los adultos, vamos andando por la calle con la cara iluminada por el móvil, cruzamos a veces sin mirar porque estamos respondiendo al teléfono, cogemos el teléfono mientras conducimos para leer los mensajes.
Pero nosotros somos adultos, se supone que podemos controlarlo ¿podemos? En el libro Sal de la máquina de Sergio Legaz, el autor nos explica cómo la tecnología invade nuestra vida sin que nos demos cuenta. El autor habla de esas películas que como Mátrix nos muestran la batalla entre el hombre y la máquina. Y viene a decir que las máquinas ya han ganado, han conseguido que tengamos una en nuestras manos la mayor parte del tiempo.

Pero además las máquinas son serviciales, se ofrecen a ayudarte a ti, estúpido humano, a resolver tus preocupaciones como por ejemplo llegar a un sitio. Una amiga me contaba hace poco que se había confundido al hacer un camino en coche que conocía perfectamente por hacerle caso al gps.
¿Vas a hacer un viaje? ¿Vas a dar un paseo por tu ciudad? Intenta componer el recorrido en tu cabeza, ¿puedes? A veces me asusta cómo he perdido esa capacidad de visualizar.

No estoy en contra de la tecnología, solo me preocupa nuestra inconsciencia, que no nos demos cuenta de que las aplicaciones, esas herramientas amigables y serviciales, tienen empresas detrás, empresas interesadas en obtener la información de nuestros hábitos para así influirnos en nuestra forma de vivir. Empresas interesadas en que estemos todo el día pegados al teléfono.

Lo que me ha animado a escribir estas líneas es leer esta mañana que en la Feria del Libro de Madrid una de las actividades que se ofrecen para niños es un cuentacuentos con realidad aumentada.

Cuentacuentos con realidad aumentada en la Feria del Libro de Madrid

Al verlo se me revolvían las tripas. ¿Qué hace falta para contar un cuento? Una persona que lo narre y otras dispuestas a escuchar. ¿Hay algo más atractivo para un niño que le cuenten un cuento? Incluso los adultos con historias bien armadas, disfrutan de los cuentos y permanecen atentos (algo tan escaso en nuestra sociedad llena de interrupciones, muchas veces generadas por la propia tecnología).

El súmun de la realidad aumentada son esas gafas de bucear oscuras que dejan la mitad de la cara oculta. Nada más ver la publicidad me he imaginado a un grupo de niños con ellas y posiblemente también auriculares. Una imagen que me hace pensar en la peor tortura que he visto en mi vida la llamada «privación sensorial» que desgraciadamente todavía hoy se practica en la prisión ilegal de Guantánamo.

La fotografía que aparece en la actividad es otra, en ella se ve una niña mirando el libro a través de la pantalla, aún así supongo que esta herramienta nos permite amansar a los niños.

No creo que se pueda aumentar la realidad de nuestra imaginación, el escenario de la narración oral es la cabeza de quien escucha y en ella los medios son ilimitados. Contar en encuentro es compartir, es comunicar, es relacionarse. Cuando yo cuento me gusta decir que nuestra imaginación tiene un presupuesto ilimitado.
La narración oral es una experiencia 4D puedes ver, oír, tocar, oler, saborear y todo ello a través e la escucha. ¿Vamos a dejar que la tecnología se lleve eso también?

Hay otra película Walle-e otra distopía que también recomiendo. En ella los humanos han tenido que abandonar la tierra, que ha quedado cubierta de basura y ahora viven en cruceros espaciales donde no tienen que preocuparse por nada. Ya no caminan, se desplazan llevados por plataformas eléctricas donde pueden ir cómodos, tampoco podrían hacerlo, sus extremidades han quedado deformadas por falta de uso y todos tienen problemas de sobrepeso. Los dispositivos para moverse una especie de alfombras voladoras modernas, llevan incorporada una pantalla que se sitúa justo delante de los ojos para que todos los humanos la vean de manera ininterrumpida. A través de la pantalla se observan, compran, juegan, y por supuesto se relacionan. El otro solo existe en esa pantalla.

Walee-e

Walle-e nos pone delante un mundo que se parece peligrosamente al nuestro y no nos damos cuenta.
Creemos que debemos ser modernos, adaptarnos, que hay ciertos inventos que ya son de otra generación, como los libros y la narración, que necesitan de «algo más» teconológico para hacerlos «modernos».

Me acabo de mirar en el espejo, vuelvo a la mesa, veo mis dedos moverse mientras escribo y compruebo que soy de carne y hueso. Yo quiero contar las historias de «viva voz», usar la palabra que sale de mi boca para evocar con todos los sentidos una realidad compartida, imaginada, social y humana que no tenga que atravesar a través de ningún cristal para llegar a otro.

Tampoco quiero que nadie amanse a las fieras, más bien quiero que sean fieras de verdad, que se muevan, corran, salten, piensen y salgan al mundo real a conocerlo, a saborearlo y a ser en él. Lo único que puedo hacer por ellas es conservarlo, cuidarlo para que lo reciban de la mejor manera posible hasta que les llegue el turno.