Era un gran momento para un brindis. Aquella terraza con el río de frente, las montañas al otro lado, la tranquilidad de la tarde, la buena compañía. Pero si bebían, nunca más volverían a ver aquel maravilloso paisaje, dentro de las copas.
Así que decidieron esperar. Cuando el sol posaba sus rayos sobre las montañas de enfrente, brindaron y se bebieron el atardecer.