Suerte que los pequeños habitantes del planeta Claridad, no son sensibles a los cambios de ritmo del chico, pero sí a las paradas. Esta misma mañana, los sabios consultaron con los viejos árboles de hoja de arena dado que llevaban varias horas sin girar.
Algunas veces, los árboles lanzan mensajes incomprensibles, hoy que afirmaron que el malabarista agotó sus energías y por eso el tiempo paró.
Hace un rato que el chico, ajeno a otros mundos, hace girar el suyo. En Claridad había vuelto ya el equilibrio. Hasta que a miles de millas de distancia, un asteroide choca contra la tierra.
Con el estruendo el malabarista abre las manos, dejando caer la bola, observa con horror el recorrido hasta el suelo sin poder detenerla, el sonido le estrangula los oídos, no quiere mirar, no puede, levanta la cabeza al cielo a modo de huída.
Con los nervios no es capaz de ver las pequeñas grietas que avanzan por el azul.