Al mirar ese escaparate se enamoró del edificio, cuando entró en la tienda nadie supo decirle el precio. Volvió en distintas ocasiones, siempre recibió la misma respuesta ¿de qué edificio hablaba? ¿cómo iban a vender algo así dentro de una tienda que no tenía más que 70 metros cuadrados?

Tres meses depués una joven empleada le dio una respuesta que le convenció: en aquella tienda sólo vendían lo que estaba dentro, independientemente de lo que se viera en el escaparate.