Aquel lugar es mágico, a un lado del camino aparecen las ruinas en silencio, con discreción como si quisieran disimular que hace siglos las campanas del monasterio hacían temblar el valle.
La naturaleza lo ha ido invadiendo todo, en la antigua nave principal de la iglesia crecen los árboles. Desde el exterior las trepadoras suben y pasan a través de los agujeros y ventanas luchando contra los muros que aún batallan por permanecer en pie.

Cuando llegas a ese entorno sientes una atracción que de manera incontrolable te lleva hasta el interior, accedes pasando un arco que se sostiene de milagro y miras arriba y a los lados con sorpresa y admiración, lo único que no se ve con facilidad es un cartel que anuncia que no deberías entrar justo donde estás porque puede producirse un derrumbe.

A veces pasa, que los sitios más atractivos, son los más peligrosos.