Paseando por una playa del norte, después de fotografiar el mar, las olas, los acantilados, miré al suelo y salió esta imagen y me pareció bella.
Quizá sea por las piedras que llevan tiempo allí al fondo y ya están secas, a la espera de una sombrilla o de un paseo, o de una bicicleta.
O a lo mejor sea por las algas que van y vienen y rozan las piernas y alguien dice ¡uy qué asco! y vuelven y se enredan en el ancla de un barco pirata (de juguete) y luego salen remojadas a la playa, oliendo a mar y a comida japonesa.

O por las piedras mojadas, las que revueltas dan volteretas con cada ola y cantan con voz ronca: CROC, CROC, CROC, sobre todo de noche cuando hay luna llena, y alguien toca la guitarra mientras una pareja busca la penumbra a la caza de un primer beso.
Pasa una nube que lo vuelve todo oscuro: las piedras, las algas, la guitarra, la pareja, hasta dentro de un rato.