Cuando pienso en por qué me dedico a contar historias siento que de alguna manera se lo debo a mi abuela Flora, la madre de mi madre. Ella nos contaba sobre todo cuando éramos pequeños, nos hablaba de la guerra, de cómo tuvieron que huir, de su periplo por la Península y después por Orán, ella era muy niña en la guerra y los ojos de los niños dejan escapar pocos detalles.

Yo me siento heredera de la palabra, de las palabras de sus recuerdos, ese es el legado más valioso para mí, el que me arropa y acompaña y quizá por eso he elegido como profesión ser narradora.

No recuerdo cuándo mi abuela dejó de contarnos, no sé si fue porque nos hicimos mayores o cuando mi madre enfermó. Pero creo que la tristeza se llevó sus historias y con el tiempo me di cuenta de lo mucho que las echaba de menos.

A mi abuela le encantaban los relojes con sonería, ella tenía grandes, pequeños, de mesa, de pared. Mi madre solía quejarse del escándalo que montaban todos ellos juntos. Mi madre solo tenía uno, un reloj de pared, no muy grande, era de madera y cristal, tenía un péndulo metálico y una superficie de porcelana blanca sobre la que aparecían los números árabes. Supongo que lo comprarían mis padres en algún mercadillo. Para que funcionara, había que darle cuerda. La cuerda era metálica de estas que parecen un mosquito con dos ojos grandes y una trompa. Mi madre era la encargada de alimentar al reloj.

Los lunes por la mañana cuando todavía mis hermanos y yo estábamos en la cama, mi madre se acercaba en bata y hacía girar la cuerda. El reloj crujía como las articulaciones de un autómata. El reloj era el sonido de mi casa, el que marcaba la vida, el corazón de la casa.

Rara vez se paraba, salvo que mi madre se despistara y entonces, tenía que darle cuerda y asegurarse de que las campanadas correspondían con las horas. Si no era así, además del característico sonido de la cuerda, escuchabas las campanadas tocando sin parar. Recuerdo asomarme desde la puerta de mi cuarto, enfadada para saber qué estaba ocurriendo y ver a mi madre en plena tarea de sincronización temporal.

Hace once años que el reloj está parado.