Ocurre en cuestión de segundos: por algún motivo levantas la cabeza. Está atardeciendo exactamente igual que ayer, pero este momento es único.

Se hace silencio sólo para ti y descubres el cielo moviéndose como un caleidoscopio lento. Las nubes se abren y se cierran invitándote a entrar.

Ahí en mitad de la calle entre el tráfico y la gente, levantas los brazos y, sin que nadie más lo note, tocas el cielo.